Hablar de trastorno de ansiedad es mucho más que pensar en nerviosismo o tensión pasajera, pues se trata de un problema desgastante que disminuye notablemente la calidad de vida. Por principio, el paciente se vuelve incapaz de relajarse, no puede concentrarse bien y le cuesta mucho conciliar el sueño.
Más aun, describe la Dra. Romero Díaz, quien labora en el servicio de Psiquiatría del Hospital Español de México, “un cuadro de ansiedad propiamente dicho se caracteriza por síntomas como ahogo, latidos rápidos del corazón, exceso de transpiración, adormecimiento de algunas partes del cuerpo y sensación de vacío en el estómago, los cuales se experimentan en distintos grados de intensidad en cada paciente, pero hay casos en que la persona afectada baja su rendimiento, lo que lleva a perder su empleo, en tanto que su organismo, cada vez más afectado, manifiesta diversos padecimientos”, como dolor muscular, problemas digestivos, dolor de cabeza, tics nerviosos y mareo, entre otros.
En casos extremos, en gente muy sensible o en quienes llevan varias semanas o meses con problemas de nerviosismo y estrés, “se presentan ataques de pánico o crisis de ansiedad, durante los cuales se experimentan las mismas sensaciones que en un trastorno de ansiedad, sólo que en grado mucho mayor. También es habitual que en estos episodios la persona sienta que va a morir de manera inminente, y por ello acude al servicio de urgencias, pues tiene sensación de dolor en el pecho muy parecida a la de un paro cardiaco”.
Si bien reconoce que hay algunos casos en que estas crisis son desencadenadas por fuerte impresión emocional, como recibir la noticia de que un ser querido falleció o porque se siente un temblor o sismo, “lo que más comenta el paciente es que no sabe por qué ha sufrido un ataque de ansiedad. Es muy común que nos explique que estaba en su trabajo o en casa, incluso que estaba dormido, y repentinamente se le presentaron dificultad para respirar, palpitaciones, vacío en el estómago y la sensación de que iba a fallecer, pero sin identificar la causa”.
Al respecto, ahonda en que este trastorno no se debe a lesiones o problemas neuronales, sino “a la alteración de una sustancia cerebral (neurotransmisor) que se produce en mayores cantidades, serotonina, lo que ocurre más a menudo en personas cuyos padres padecieron la misma condición”. Vale mencionar que la presencia de un cuadro o una crisis de ansiedad se puede acelerar por fuerte carga de estrés, pero ésta no es la causa del problema.
Por otra parte, la psiquiatra subraya que la ansiedad puede ser una enfermedad que se manifiesta de manera independiente, pero también es posible que se presente junto con otros padecimientos, sobre todo depresión y abuso de sustancias, tanto porque alcohol y drogas actúan sobre el funcionamiento de los neurotransmisores en el sistema nervioso, desencadenando un problema de tensión, como porque el paciente que padece ansiedad los consume para tratar de encontrar alivio.
Desorden que tiene solución.
La Dra. Alma Romero asegura que sufrir un ataque de pánico no significa que el problema se vaya a presentar en nuevas ocasiones, pero enfatiza que lo más recomendable es que toda persona que presente una de estas crisis (exista o no una causa que la desencadene) o que sienta que su calidad de vida se ha deteriorado por vivir bajo mucha tensión, acuda a un psiquiatra para ser evaluada.
“Las manifestaciones de un ataque de ansiedad —recuerda la especialista— se parecen a las de otros padecimientos, como problemas cardiacos y alteraciones de algunas glándulas, entre ellas tiroides y páncreas, de modo que es necesario realizar buena evaluación para descartar estas posibilidades. Además, hay que considerar que la ansiedad por sí misma necesita tratamiento para que no siga afectando al paciente.”
La atención a personas que acuden al servicio de urgencias por tener un ataque de ansiedad consiste en estabilizar la situación del paciente, muchas veces con ayuda de medicamentos, y luego efectuar una evaluación mediante electrocardiograma (sistema para medir la actividad eléctrica del corazón) y estudios de laboratorio (se toman muestras de sangre que se analizan en laboratorio).
Si estos métodos descartan que se trata de un problema orgánico, “se debe continuar con una exploración psiquiátrica mediante una entrevista, en la que descubrimos cómo empezó el padecimiento y desde cuándo ocurre; en general, reunimos los elementos que hay alrededor de la crisis para valorar si es un trastorno de ansiedad o el síntoma de otra situación, como depresión o consumo de sustancias”, afirma Romero Díaz.
El tratamiento, que corre a cargo del psiquiatra, dependerá del grado de afectación de la persona y, por lo general, se basará en dos medicamentos que se toman de manera simultánea: un ansiolítico y un antidepresivo, cuya eficacia en el tratamiento contra la ansiedad a mediano y largo plazos ha sido comprobada a través de diversos estudios.
La especialista especifica que el primer fármaco se emplea durante la crisis y algunas semanas después, a fin de estabilizar al paciente, y que el antidepresivo debe tomarse durante períodos más largos (aproximadamente un año) para garantizar la regulación de la química cerebral. “Hay mucho tabú sobre este tema, pues la gente piensa que es demasiado tomar dos medicamentos o que el tratamiento es muy prolongado; también es común que se piense que el paciente se va a volver adicto o que sufrirá somnolencia, pero este manejo es el adecuado para evitar recaídas, no crea dependencia y es muy seguro”.
Es muy importante que el paciente, en forma simultánea al tratamiento, procure modificar algunos hábitos para que duerma adecuadamente, lleve buena alimentación y evite el estrés excesivo, a fin de que la ansiedad no aumente. Al respecto, añade: “Me han preguntado mucho sobre la utilidad de terapias como yoga, flores de Bach o acupuntura, y estoy de acuerdo en que se utilice cualquier método que ayude a que la persona se sienta bien, pero en momentos de crisis no hay otra alternativa que los medicamentos, ya que no se puede tratar a un paciente alterado y con la sensación de que ‘se va a morir’, pidiéndole que se acueste y relaje”.
En cuanto a la ayuda que un psicólogo puede brindar, la Dra. Alma Romero considera que es de utilidad para aprender a manejar tensión y preocupaciones que pudieran desencadenar estrés; sin embargo, durante un ataque de ansiedad su alcance resultaría limitado, e incluso sería poco ético si no remite al paciente a un psiquiatra.
Cuentas pendientes.
A pesar de que hoy contamos con el conocimiento suficiente para hacer frente a los trastornos y crisis de ansiedad, y de que los recursos psiquiátricos para dar tratamiento son los mejores que hayan existido en la historia, en la práctica cotidiana es notable que persisten deudas que no han sido saldadas, tal como lo explica Romero Díaz.
Por un lado, es sabido que “la única manera de prevenir la ansiedad es teniendo buenos hábitos de vida: comer bien, practicar ejercicio diariamente, evitar jornadas laborales muy intensas y tener días de descanso y distracciones”, pero a pesar de ello las condiciones sociales e individuales no siempre están dadas para conseguirlo. Tan común es, por ejemplo, caer en estados de tensión y estrés, que “incluso podemos ver a los padres presionando a sus hijos desde pequeños con sus calificaciones, obligándoles a sacar notas altas, sin darse cuenta de que están creando factores de riesgo en el niño, quien se siente tenso porque no es perfecto, y crecerá repitiendo esta conducta”.
Otro problema consiste en que, desafortunadamente, no en todos los servicios de urgencias se cuenta con la capacidad para atender adecuadamente a los pacientes que sufren crisis de pánico. “En los hospitales generales en que existen unidades psiquiátricas sí hay conciencia por parte de los médicos de primer contacto, internistas y urgenciólogos, de que una persona con ahogo, palpitaciones y sensación de muerte que a la vez no presenta complicaciones cardiacas u orgánicas, se debe remitir a especialistas en salud mental para determinar si tiene un problema de ansiedad. Sin embargo, esto no es lo más frecuente, pues todavía existe el tabú de que el paciente sólo está exagerando o ‘quiere llamar la atención’.
Finalmente, la Dra. Alma Romero destaca la importancia de que la población “pierda el miedo de hablar del psiquiatra o de acudir a consulta con nosotros, pues todos los días notamos que la gente sigue pensando: ‘no sé qué hago aquí, si no estoy loco’. Debe quedar claro que, así como el cardiólogo trata enfermedades del corazón y el gastroenterólogo atiende padecimientos digestivos, a nosotros nos corresponde dar solución a problemas mentales, como ansiedad, depresión o uso de estimulantes, sean graves o no”, concluye.
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